domingo, 6 de octubre de 2013

Lecturas Indispensables: Consejos de 8 grandes escritores sobre el arte de ...

Lecturas Indispensables: Consejos de 8 grandes escritores sobre el arte de ...: Muchos grandes escritores han querido dar algo más a sus lectores que sus historias. El arte de la escritura es misterioso y maravilloso,...

jueves, 22 de agosto de 2013

clásico: arco y la lira O. Paz




La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la esclavitud poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coitos, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!
¿Cómo no reconocer en cada una de estas fórmulas al poeta que las justifica y que al encarnarlas les da vida? Expresiones de algo vivido y padecido, no tenemos más remedio que adherirnos a ellas condenados a abandonar la primera por la segunda y a ésta por la siguiente. Su misma autenticidad muestra que la experiencia que justifica a cada uno de estos conceptos, los trasciende. Habrá, pues, que interrogar a los testimonios directos de la experiencia poética. La unidad de la poesía no puede ser asida sino a través del trato desnudo con el poema.
Al preguntarle al poema por el ser de la poesía, ¿no confundimos arbitrariamente poesía y poema? Ya Aristóteles decía que “nada hay de común, excepto la métrica, entre Homero y Empédocles; y por esto con justicia se llama poeta al primero y fisiólogo al segundo”. Y así es: no todo poema -o para ser exactos: no toda obra construida bajo las leyes del metro- contiene poesía. Pero esas obras métricas ¿son verdaderos poemas o artefactos artísticos, didácticos o retóricos? Un soneto no es un poema, sino una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico -estrofas, metros y rimas- ha sido tocado por la poesía. Hay máquinas de rimar pero no de poetizar. Por otra parte, hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesías sin ser poemas. Pues bien, cuando la poesía se da como una condensación del azar o es una cristalización de poderes y circunstancias ajenos a la realidad creadora del poeta, nos enfrentamos a lo poético. Cuando -pasivo o activo, despierto o sonámbulo- el poeta es el hilo conductor y transformador de la corriente poética, estamos en presencia de algo radicalmente distinto; una obra. Un poema es una obra. La poesía se polariza, se congrega y aísla en un producto humano: cuadro, canción, tragedia. Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente. Es lícito preguntar al poema por el ser de la poesía si deja de concebirse a éste como una forma capaz de llenarse con cualquier contenido. El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre. Poema es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía. Forma y sustancia son lo mismo.
Apenas desviamos los ojos de lo poético para fijarlos en el poema, nos asombra la multitud de formas que asume ese ser que pensábamos único. ¿Cómo asir la poesía si cada poema se ostenta como algo diferente e irreductible? La ciencia de la literatura pretende reducir a géneros la vertiginosa pluralidad del poema. Por su misma naturaleza, el intento padece una doble insuficiencia. Si reducimos la poesía a unas cuantas formas -épicas, líricas, dramáticas-, ¿qué haremos con las novelas, los poemas en prosa y esos libros extraños que se llaman: “Aurelia”, “Los cantos de “Maldoror” o “Nadja”? Si aceptamos todas las excepciones y las formas intermedias -decadentes, salvajes o proféticas- la clasificación se convierte en un catálogo infinito. Todas las actividades verbales, para no abandonar el ámbito del lenguaje, son susceptibles de cambiar de signo y transformarse en poema: desde la interjección hasta el discurso lógico. No es ésta la única limitación, ni la más grave, de las clasificaciones de la retórica. Clasificar no es entender. Y menos aún comprender. Como todas las clasificaciones, las nomenclaturas son útiles de trabajo. Pero son instrumentos que resultan inservibles en cuanto se les quieren emplear para tareas más sutiles que la mera ordenación externa. Gran parte de la crítica no consiste sino en esta ingenua y abusiva aplicación de las nomenclaturas tradicionales.
Un reproche parecido debe hacerse a las otras disciplinas que utiliza la crítica, desde la estilística hasta el psicoanálisis. La primera pretende decirnos que es un poema por el estudio de los hábitos verbales del poeta. El segundo, por la interpretación de sus símbolos. El método estilístico puede aplicarse lo mismo a Mallarmé que a una colección de versos de almanaque. Otro tanto sucede con las interpretaciones de los psicólogos, las biografías y demás estudios con que se intenta, y a veces se alcanza, explicarnos el porqué, el cómo y el para qué se escribió un poema. La retórica, la estilística, la sociología, la psicología y el resto de las disciplinas literarias son imprescindibles si queremos estudiar una obra, pero nada pueden decirnos acerca de su naturaleza última.
La dispersión de la poesía en mil formas heterogéneas podría inclinarnos a construir un tipo ideal de poema. El resultado sería un monstruo o un fantasma. La poesía no es la suma de todos los poemas. Por sí misma, cada creación poética es una unidad autosuficiente. La parte es el todo. Cada poema es único, irreductible e irrepetible. Y así, uno se siente inclinado a coincidir con Ortega y Gasset: nada autoriza a señalar con el mismo nombre a objetos tan diversos como los sonetos de Quevedo, las fábulas de La Fontaine y el “Cántico espiritual”.
Esta diversidad se ofrece, a primera vista, como hija de la historia. Cada lengua y cada nación engendra en la poesía lo que el momento y su genio particular les dictan. Mas el criterio histórico no resuelve sino que multiplica los problemas. En el seno de cada período y de cada sociedad reina la misma diversidad: Nerval y Hugo son contemporáneos, como lo son Velázquez y Rubens, Valéry y Apollinaire. Si sólo por un abuso de lenguaje aplicamos el mismo nombre a los poemas védicos y al hai-ku japonés, ¿no será también un abuso utilizar el mismo sustantivo para designar experiencias tan diversas como las de San Juan de la Cruz y su indirecto modelo profano: Garcilaso? La perspectiva histórica -consecuencia nuestra fatal lejanía- nos lleva a uniformar paisajes ricos en antagonismos y contrastes. La distancia nos hace olvidar las diferencias que separan a Sófocles de Eurípides, a Tirso de Lope. Y esas diferencias no son el fruto de las variaciones históricas, sino de algo mucho más sutil e inapresable: la persona humana. Así, no es tanto la ciencia histórica sino la biografía la que podría darnos la llave de la comprensión del poema. Y aquí interviene un nuevo obstáculo: dentro de la producción de cada poeta cada obra es también única, aislada e irreductible. “La Galatea” o “El viaje del Parnaso” no explican a “Don Quijote de la Mancha”; “Ifigenia” es algo substancialmente distinto del “Fausto“; Fuenteovejuna”, de “La Dorotea”. Cada obra tiene vida propia y las “Églogas” no son la “Eneida”. A veces, una obra niega a otra: el “Prefacio” a las nunca publicadas poesías de Lautréamont arroja una luz equívoca sobre “Los cantos de Maldoror”; “Una temporada de infierno” proclama locura la alquimia del verbo de “Las iluminaciones”. La historia y la biografía nos pueden dar la tonalidad de un período o de una vida, dibujarnos las fronteras de una obra y describirnos desde el exterior la configuración de un estilo; también son capaces de esclarecernos el sentido general de una tendencia y hasta desentrañarnos el porqué y el cómo de un poema. Pero no pueden decirnos qué es un poema. La única nota común a todos los poemas consiste en que son obras, productos humanos, como los cuadros de los pintores y las sillas de los carpinteros. Ahora bien, los poemas son obras de una manera muy extraña: no hay entre uno y otro esa relación de filialidad que de modo tan palpable se da en los utensilios. Técnica y creación, útil y poema son realidades distintas. La técnica es procedimiento y vale en la medida de su eficacia, es decir, en la medida en que es un procedimiento susceptible de aplicación repetida: su valor dura hasta que surge un nuevo procedimiento. La técnica es repetición que se perfecciona o se degrada; es herencia y cambio: el fusil reemplaza al arco. La “Eneida” no substituye a la “Odisea”. Cada poema es un objeto único, creado por una “técnica” que muere en el momento mismo de la creación. La llamada “técnica poética” no es transmisible, porque no está hecha de recetas sino de invenciones que sólo sirven a su creador. Es verdad que el estilo -entendido como manera común de un grupo de artistas o de una época- colinda con la técnica, tanto en el sentido de herencia y cambio cuanto el de ser procedimiento colectivo. El estilo es el punto de partida de todo intento creador; y por eso mismo, todo artista aspira a trascender ese estilo comunal o histórico. Cuando un poeta adquiere un estilo, una manera, deja de ser poeta y se convierte en constructor de artefactos literarios. Llamar a Góngora poeta barroco puede ser verdadero desde el punto de vista de la historia literaria, pero no lo es si se quiere penetrar en su poesía, que siempre es algo más. Es cierto que los poemas del cordobés constituyen el más alto ejemplo del estilo barroco, ¿mas no será demasiado olvidar que las formas expresivas características de Góngora -eso que llamamos ahora su estilo- no fueron primero sino invenciones, creaciones verbales inéditas y que sólo después se convirtieron en procedimientos, hábitos y recetas? El poeta utiliza, adapta o imita el fondo común de su época -esto es, el estilo de su tiempo- pero trasmuta todos esos materiales y realiza una obra única. Las mejores imágenes de Góngora -como ha mostrado admirablemente Dámaso Alonso- proceden precisamente de su capacidad para transfigurar el lenguaje literario de sus antecesores y contemporáneos. A veces, claro está, el poeta es vencido por el estilo. (Un estilo que nunca es suyo, sino de su tiempo: el poeta no tiene estilo.) Entonces la imagen fracasada se vuelve bien común, botín para los futuros historiadores y filólogos. Con estas piedras y otras parecidas se construyen esos edificios que la historia llama estilos artísticos.
No quiero negar la existencia de los estilos. Tampoco afirmo que el poeta crea de la nada. Como todos los poetas, Góngora se apoya en un lenguaje. Ese lenguaje era algo más preciso y radical que el habla: un lenguaje literario, un estilo. Pero el poeta cordobés trasciende ese lenguaje. O mejor dicho: lo resuelve en actos poéticos irrepetibles: imágenes, colores, ritmos, visiones: poemas. Góngora trasciende el estilo barroco; Garcilaso, el toscano; Rubén Darío, el modernista. El poeta se alimenta de estilos. Sin ellos, no habría poemas. Los estilos nacen, crecen y mueren. Los poemas permanecen y cada uno de ellos constituye una unidad autosuficiente, un ejemplar aislado, que no se repetirá jamás.
El carácter irrepetible y único del poema lo comparten otras obras: cuadros, esculturas, sonatas, danzas, monumentos. A todas ellas es aplicable la distinción entre poema y utensilio, estilo y creación. Para Aristóteles la pintura, la escultura, la música y la danza son también formas poéticas, como la tragedia y la épica. De allí que al hablar de la ausencia de caracteres morales en la poesía de sus contemporáneos, cite como ejemplo de esta omisión al pintor Zeuxis y no a un poeta trágico. En efecto, por encima de las diferencias que separan a un cuadro de un himno, a una sinfonía de una tragedia, hay en ellos un elemento creador que los hace girar en el mismo universo. Una tela, una escultura, una danza son, a su manera, poemas. Y esa manera no es muy distinta a la del poema hecho de palabras. La diversidad de las artes no impide su unidad. Más bien la subraya.

Las diferencias entre palabras, sonido y color han hecho dudar de la unidad esencial de las artes. El poema está hecho de palabras, seres equívocos que si son color y sonido son también significado; el cuadro y la sonata están compuestos de elementos más simples: formas, notas y colores que nada significan en sí. Las artes plásticas y sonoras parten de la no-significación; el poema, organismo anfibio, de la palabra, ser significante. Esta distinción me parece más sutil que verdadera. Colores y sones también poseen sentido. No por azar los críticos hablan de lenguajes plásticos y musicales. Y antes de que estas expresiones fueran usadas por los entendidos, el pueblo conoció y practicó el lenguaje de los colores, los sonidos y las señas. Resulta innecesario, por otra parte, detenerse en las insignias, emblemas, toques llamadas y demás formas de comunicación no verbal que emplean ciertos grupos. En todas ellas el significado es inseparable de sus cualidades plásticas o sonoras.
En muchos casos, colores y sonidos poseen mayor capacidad evocativa que el habla. Entre los aztecas el color negro estaba asociado a la oscuridad, el frío, la sequía, la guerra y la muerte. También aludía a ciertos dioses: Tezcatlipoca, Mixcóatl; a un espacio: el norte; a un tiempo: Técpatl; al sílex; a la luna; al águila. Pintar algo de negro era como decir o invocar todas estas representaciones. Cada uno de los cuatro colores significaba un espacio, un tiempo, unos dioses, unos astros y un destino. Se nacía bajo el signo de un color, como los cristianos nacen bajo un santo patrono. Acaso no resulte ocioso añadir otro ejemplo: la función dual del ritmo en la antigua civilización china. Cada vez que se intenta explicar las nociones de Yin y Yang -los dos ritmos alternantes que forman el Tao- se recurre a términos musicales. Concepción rítmica del cosmos, la pareja Yin y Yang es filosofía y religión, danza y música, movimiento rítmico impregnado de sentido. Y del mismo modo, no es abuso del lenguaje figurado, sino alusión al poder significante del sonido, el empleo de expresiones como armonía, ritmo o contrapunto para calificar a las acciones humanas. Todo el mundo usa estos vocablos, a sabiendas de que poseen sentido, difusa intencionalidad. No hay colores ni sones en sí, desprovistos de significación: tocados por la mano del hombre, cambian de naturaleza y penetran en el mundo de las obras. Y todas las obras desembocan en la significación; lo que el hombre roza, se tiñe de intencionalidad: es un ir hacia... El mundo del hombre es el mundo del sentido. Tolera la ambigüedad, la contradicción, la locura o el embrollo, no la carencia de sentido. El silencio mismo está poblado de signos. Así, la disposición de los edificios y sus proporciones obedecen a una cierta intención. No carecen de sentido -más bien puede decirse lo contrario- el impulso vertical del gótico, el equilibrio tenso del templo griego, la redondez de la estupa budista o la vegetación erótica que cubre los muros de los santuarios de Orissa. Todo es lenguaje.
Las diferencias entre el idioma hablado o escrito y los otros -plásticos o musicales- son muy profundas, pero no tanto que nos haga olvidar que todos son, esencialmente, lenguaje: sistemas expresivos dotados de poder significativo y comunicativo. Pintores, músicos, arquitectos, escultores y demás artistas no usan como materiales de composición elementos radicalmente distintos de los que emplea el poeta. Sus lenguajes son diferentes, pero son lenguaje. Y es más fácil traducir los poemas aztecas a sus equivalentes arquitectónicos y escultóricos que a la lengua española. Los textos tántricos o la poesía erótica Kavya hablan el mismo idioma de las esculturas de Konarak. El lenguaje del “Primero sueño” de Sor Juana no es muy distinto al del Sagrario Metropolitano de la ciudad de México. La pintura surrealista está más cerca de la poesía de ese movimiento que de la pintura cubista.
Afirmar que es imposible escapar del sentido, equivale a encerrar a todas las obras -artísticas o técnicas- en el universo nivelador de la historia. ¿Cómo encontrar un sentido que no sea histórico? Ni por sus materiales ni por sus significados las obras trascienden al hombre. Todas son “un para” y “un hacia” que desembocan en un hombre concreto, que a su vez sólo alcanza significación dentro de un historia precisa. Moral, filosofía, costumbres, artes, todo, en fin, lo que constituye la expresión de un período determinado participa de lo que llamamos estilo. Todo estilo es histórico y todos los productos de una época, desde sus utensilios más simples hasta sus obras más desinteresadas, están impregnados de historia, es decir, de estilo. Pero esas afinidades y parentescos recubren diferencias específicas. En el interior de un estilo es posible descubrir lo que separa a un poema de un tratado en verso, a un cuadro de una lámina educativa, a un mueble de una escultura. Ese elemento distintivo es la poesía. Sólo ella puede mostrarnos la diferencia entre creación y estilo, obra de arte y utensilio.
Cualquiera que sea su actividad y profesión, artista o artesano, el hombre transforma la materia prima: colores, piedras, metales, palabras. La operación transmutadora consiste en lo siguiente: los materiales abandonan el mundo ciego de la naturaleza par ingresar en el de las obras, es decir, en el de las significaciones. ¿Qué ocurre, entonces, con la materia piedra, empleada por el hombre para esculpir una estatua y construir una escalera? Aunque la piedra de la estatua no sea distinta a la de la escalera y ambas estén referidas a un mismo sistema de significaciones (por ejemplo: las dos forman parte de una iglesia medieval), la transformación que la piedra ha sufrido en la escultura es de naturaleza diversa a la que convirtió en escalera. La suerte del lenguaje en manos de prosistas y poetas puede hacernos vislumbrar el sentido de esa diferencia.
La forma más alta de la prosa es el discurso, en el sentido recto de la palabra. En el discurso las palabras aspiran a constituirse en significado unívoco. Este trabajo implica reflexión y análisis. Al mismo tiempo, entraña un ideal inalcanzable, porque la palabra se niega a ser mero concepto, significado sin más. Cada palabra -aparte de sus propiedades físicas- encierra una pluralidad de sentidos. Así, la actividad del prosista se ejerce contra la naturaleza misma de la palabra. No es cierto, por tanto, que M. Jourdain hablase en prosa sin saberlo. Alfonso Reyes señala con verdad que no se puede hablar en prosa sin tener plena conciencia de lo que se dice. Incluso puede agregarse que la prosa no se habla: se escribe. El lenguaje hablado está más cerca de la poesía que de la prosa; es menos reflexivo y más natural y de ahí que sea más fácil ser poeta sin saberlo que prosista. En la prosa la palabra tiende a identificarse con uno de sus posibles significados, a expensas de los otros: al pan, pan; y al vino, vino. Esta operación es de carácter analítico y no se realiza sin violencia, ya que la palabra posee varios significados latentes, es una cierta potencialidad de direcciones y sentidos. El poeta, en cambio, jamás atenta contra la ambigüedad del vocablo. En el poema el lenguaje recobra su originalidad primera, mutilada por la reducción que le imponen prosa y habla cotidiana. La reconquista de su naturaleza es total y afecta a los valores sonoros y plásticos tanto como a los significativos. La palabra, al fin en libertad, muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones, como un fruto maduro o como un cohete en el momento de estallar en el cielo. El poeta pone en libertad su materia. El prosista la aprisiona.
Otro tanto ocurre con formas, sonidos y colores. La piedra triunfa en la escultura, se humilla en la escalera. El color resplandece en el cuadro, el movimiento del cuerpo, en la danza. La materia, vencida o deformada en el utensilio, recobra su esplendor en la obra de arte. La operación poética es de signo contrario a la manipulación técnica. Gracias a la primera, la materia reconquista su naturaleza: el color es más color, el sonido es plenamente sonido. En la creación poética no hay victoria sobre la materia o sobre los instrumentos, como quiere una vana estética de artesanos, sino un poner en libertad la materia. Palabras, sonidos, colores y demás materiales sufren una transmutación apenas ingresan en el círculo de la poesía. Sin dejar de ser instrumentos de significación y comunicación, se convierten en otra cosa. Ese cambio -al contrario de lo que ocurre en la técnica- no consiste en abandonar su naturaleza original, sino en volver a ella. Ser “otra cosa” quiere decir ser la “misma” cosa: la cosa misma, aquello que real y primitivamente son.
Por otra parte, la piedra de la estatua, el rojo del cuadro, la palabra del poema, no son pura y simplemente piedra, color, palabra: encarnan algo que los trasciende y traspasa. Sin perder sus valores primarios, su peso original, son también como puentes que nos llevan a otra orilla, puertas que se abren a otro mundo de significados indecibles por el mero lenguaje. Ser ambivalente, la palabra poética es plenamente lo que es -ritmo, color, significado- y, asimismo, es otra cosa: imagen. La poesía convierte la piedra, el color, la palabra y el sonido en imágenes. Y esta segunda nota, el ser imágenes, y el extraño poder que tienen para suscitar en el oyente o en el espectador constelaciones de imágenes, vuelve poemas todas las obras de arte.
Nada prohíbe considerar poemas las obras plásticas y musicales, a condición de que cumplan las dos notas señaladas: por una parte, regresar sus materiales a lo que son -materia resplandeciente u opaca- y así negarse al mundo de la utilidad; por la otra, transformarse en imágenes y de este modo convertirse en una forma peculiar de la comunicación. Sin dejar de ser lenguaje -sentido y transmisión del sentido- el poema es algo que está más allá del lenguaje. Mas eso que está más allá del lenguaje sólo puede alcanzarse a través del lenguaje. Un cuadro será poema si es algo más que lenguaje pictórico. Piero de la Francesca, Masaccio, Leonardo o Ucello no merecen, ni consienten, otro calificativo que el de poetas. En ellos la preocupación por los medios expresivos de la pintura, esto es, por el lenguaje pictórico, se resuelve en obras que transcienden ese mismo lenguaje. Las investigaciones de Masaccio y Ucello fueron aprovechadas por sus herederos, pero sus obras son algo más que esos hallazgos técnicos: son imágenes, poemas irrepetibles. Ser un gran pintor quiere decir ser un gran poeta: alguien que transciende los límites de su lenguaje.
En suma, el artista no se sirve de sus instrumentos -piedra, sonido, color o palabra- como el artesano, sino que los sirve para que recobren su naturaleza original. Servidor del lenguaje, cualquiera que sea éste, lo transciende. Esta operación paradójica y contradictoria -que se analizará más adelante- produce la imagen. El artista es creador de imágenes: poeta. Y su calidad de imágenes permite llamar poemas al “Cántico espiritual” y a los himnos védicos, al hai-ku y a los sonetos de Quevedo. El ser imágenes lleva a las palabras, sin dejar de ser ellas mismas, a trascender el lenguaje, en tanto que sistema dado de significaciones históricas. El poema, sin dejar de ser palabra e historia, transciende la historia. A reserva de examinar con mayor detenimiento en qué consiste este traspasar la historia, puede concluirse que la pluralidad de poemas no niega, sino afirma, la unidad de la poesía.

Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor intensidad, toda la poesía. Por tanto, la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía. Pero la experiencia del poema -su recreación a través de la lectura o la recitación- también ostenta una desconcertante pluralidad y heterogeneidad. Casi siempre la lectura se presenta como la revelación de algo ajeno a la poesía propiamente dicha. Los pocos contemporáneos de San Juan de la Cruz que leyeron sus poemas, atendieron más bien a su valor ejemplar que a su fascinante hermosura. Muchos de los pasajes que admiramos en Quevedo dejaban fríos a los lectores del siglo XVII, en tanto que otras cosas que nos repelen o aburren constituían para ellos los encantos de la obra. Sólo por un esfuerzo de comprensión histórica adivinamos la función poética de las enumeraciones históricas en las “Coplas” de Manrique. Al mismo tiempo, nos conmueven, acaso más hondamente que a sus contemporáneos, las alusiones a su tiempo y al pasado inmediato. Y no sólo la historia nos hace leer con ojos distintos un mismo texto. Para algunos el poema es la experiencia del abandono; para otros, del rigor. Los muchachos leen versos para ayudarse a expresar o conocer sus sentimientos, como si sólo en el poema las borrosas, presentidas facciones del amor, del heroísmo o de la sensualidad pudiesen contemplarse con nitidez. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo lleva dentro.
No es imposible que después de este primer y engañoso contacto, el lector acceda al centro del poema. Imaginemos ese encuentro. En el flujo y reflujo de nuestras pasiones y quehaceres (escindidos siempre, siempre yo y mi doble y el doble de mi otro yo), hay un momento en que todo pacta. Los contrarios no desaparecen, pero se funden por un instante. Es algo así como una suspensión del ánimo: el tiempo no pesa. Los Upanishad enseñan que esta reconciliación es “ananda” o deleite con lo Uno. Cierto, pocos son capaces de alcanzar tal estado. Pero todos, alguna vez, así haya sido por una fracción de segundo, hemos vislumbrado algo semejante. No es necesario ser un místico para rozar esta certidumbre. Todos hemos sido niños. Todos hemos amado. El amor es un estado de reunión y participación, abierto a los hombres: en el acto amoroso la conciencia es como la ola que, vencido el obstáculo, antes de desplomarse se yergue en una plenitud en la que todo -forma y movimiento, impulso hacia arriba y fuerza de gravedad- alcanza un equilibrio sin apoyo, sustentado en sí mismo. Quietud del movimiento. Y del mismo modo que a través de un cuerpo amado entrevemos una vida más plena, más vida que la vida, a través del poema vislumbramos el rayo fijo de la poesía. Ese instante contiene todos los instantes. Sin dejar de fluir, el tiempo se detiene, colmado de sí.
Objeto magnético, secreto sitio de encuentro de muchas fuerzas contrarias, gracias al poema podemos acceder a la experiencia poética. El poema es una posibilidad abierta a todos los hombres, cualquiera que sea su temperamento, su ánimo o su disposición. Ahora bien, el poema no es sino eso: posibilidad, algo que sólo se anima al contacto de un lector o de un oyente. Hay una nota común a todos los poemas, sin la cual no serían nunca poesía: la participación. Cada vez que el lector revive de veras el poema, accede a un estado a un estado que podemos llamar poético. La experiencia puede adoptar esta o aquella forma, pero es siempre un ir más allá de sí, un romper los muros temporales, para ser otro. Como la creación poética, la experiencia del poema se da en la historia, es historia y, al mismo tiempo, niega a la historia. El lector lucha y muere con Héctor, duda y mata con Arjuna, reconoce las rocas natales con Odiseo. Revive una imagen, niega la sucesión, revierte el tiempo. El poema es mediación: por gracia suya, el tiempo original, padre de los tiempos, encarna en un instante. La sucesión se convierte en presente puro, manantial que se alimenta a sí mismo y trasmuta al hombre. La lectura del poema ostenta una gran semejanza con la creación poética. El poeta crea imágenes, poemas; y el poema hace del lector imagen, poesía.

Las tres partes en que se ha dividido este libro se proponen responder a estas preguntas: ¿hay un decir poético -el poema- irreductible a todo otro decir?; ¿qué dicen los poemas?; ¿cómo se comunica el decir poético? Acaso no sea innecesario repetir que nada de lo que se afirme debe considerarse mera teoría o especulación, pues constituye el testimonio del encuentro con algunos poemas. Aunque se trata de una elaboración más o menos sistemática, la natural desconfianza que despierta esta clase de construcciones puede, en justicia, mitigarse. Si es cierto que en toda tentativa por comprender la poesía se introducen residuos ajenos a ella -filosóficos, morales u otros- también lo es que el carácter sospechoso de toda poética parece como redimido cuando se apoya en la revelación que, alguna vez, durante unas horas, nos otorgó un poema. Y aunque hayamos olvidado aquellas palabras y hayan desaparecido hasta su sabor y significado, guardamos viva aún la sensación de unos minutos de tal modo plenos que fueron tiempo desbordado, alta marea que rompió los diques de la sucesión temporal. Pues el poema es vía de acceso al tiempo puro, inmersión en las aguas originales de la existencia. La poesía no es nada sino tiempo, ritmo perpetuamente creador.

El arco y la lira, México, F.C.E., 1986
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sábado, 6 de julio de 2013

Las "visitantes" en Cafebrería Péndulo

JenyAsse, Mariana,Andrea, Edna, Rosita:yPéndulo-



Apunte nómada para una poética rupestre, por Edna A.   
                                                                                     ( y llovía en el Péndulo, Polanaco, año serpiente 2013)
 El oficio de la palabra./Más allá de la pequeña miseria/Y la pequeña ternura/ De designar esto o aquello
Es un acto de amor:/Crear presencia./  (Juarroz, Poesía vertical)
Hace unos dos años aproximadamente recibí un regalo que me acompaña, abrí sus páginas  al azar. Leí unos versos que tienen una constante coordenada en mi danza de palabras hacia el origen:
/  Porque hay un huerto detrás de tu ventana. Un Edén habitando un árbol. Un fruto en cada hoja  transitada. Escribir es morder el paraíso/  La autora de estos versos de luz es Jenny Asse.
Sentí que hilvanar su poesía en mi urdimbre de palabras era recordar algo de mi que en la urdimbre visible no estaban, en la urdimbre invisible siempre estaban.  Entonces recordé que mi nombre “Edna” según mi papá, significaba edén y un jardín y una fuente que rejuvenece. Así  descifrando nombres, como en “letra ferit” (heridas de la letra) mi padre tal vez creía que me contaba a través de mi nombre el suyo, sus nombres a través de tiempo, pero yo aún no sabía de dónde veníamos ni cuál era el misterio. Por lo que de forma mágica, casi cortázarianamente, como en la danza chiquita de un cronopio pequeñito que busca la llaves en la mesa de luz, me he encargado de descifrar -de algún modo- este enigma, este enigma para un limón, un limón caído del edén que está tras  la sencilla ventana de mi cabaña.
Bien pues ahora devanaré mi apretado destino para deshilar y compartir trama de cómo llegué al espacio del proceso creador hacia la poética rupestre.
 Una mañana fresca y buena sentí que unas manos rupestres escribían el ritual de sus días, y fue en ese instante  donde recibí la señal: yo escribiría lo que las rocas en sus rostros extraños me señalaran. Escribiría lo que el pasaje nítido de la mente clara me dictara. En este sagrado día también decidí que  mi voz fuera/sea como una ofrenda  al gozo,  por la divina puerta que se me abría : la puerta  de la palabra,
Pero cómo llegué a esta cueva? Qué miraron mis ojos aceituna? (me preguntó la poeta mariana b. aquel año mágico mileno del 2000 al presentar ella mi libro: “jardines para hada desnudas”) qué o cómo: ¿hendidura, intersticio, hondonada? Solo puedo abrir los ojos y decir que me sentí dentro de un refugio muy antiguo que siempre había estado allí, que el viento en su rumor me aventó.
Unos trazos que emergieron de la reminiscencia o de la mirada aceituna, no sé, pero es visible, mi escritura rodó,  y me mostró que si el ego para su frenética lucha, mi verdadera sabiduría y naturaleza emergen, para traducirse y decir en un lenguaje crepuscular: el amor que nace en mí por la naturaleza,  por el refugio de nuestra casa azul- la Tierra. Y dentro de este refugio el lenguaje crepuscular es sutil y posible. Gracias  a la vida podemos reconocer que las  emociones  o sufrimientos son solo adornos del estado natural de la mente.
Así de este modo mi poética rupestre solo retorna al origen sobrio, al sencillo reino de lo “elemental”: del fuego, aire, tierra, agua y el espacio. Es este movimiento del ser, mi espíritu día a día trabaja por atender, por “leer la naturaleza, leer la realidad tal cual es, en su divina perfección original, con dichas y desdichas.
Así caminé con mis dos sandalias de cielo (como le pidió Yanis Ritsos a su hijita recién nacida: duerme/ crece pronto: que sólo tienes dos sandalias de cielo para nadar/) Yo no soy hija de Yanis, pero si fui de Enrique y creo que a su modo me dijo lo mismo. Bien pues con estas sandalias subí a la Sierra (literalmente la Sierra de San José de Cabo) y allí empezó el peregrinaje: nos asentamos nómadamente (Xavier y yo) en un gar, que en tibetano significa eso mismo: campamento nómada. Saqué la nariz, abrí lo ojos –aún mas- y me dije: voy a leer mi naturaleza: la de mi mente indómita, la de mi corazón bueno, la de mi corazón tribulado. Aquí leeré mi naturaleza, 
¿Qué más será la poesía? sino esta continúa lectura de nosotros mismos, de la voz que a veces también nos habita, de nuestras imágenes rupestres. Voy a leer la naturaleza volví a decirme cuando miré ese  cielo nocturno: y una bóveda celeste completa se desplegó ante mis ojos, y estrellas de las fugaces me decían: esta es la corona, es el mapa de las coordenadas hacia los puntos de luz: únelos. Con estas señales celestes voy de roca en roca, de encuentro en enigma, de enigma al encuentro de los limones de mi huerto tras la ventana.
Al sentir esta noble responsabilidad hacia mis lecturas y mis palabras, deje ir –aún lo hago- la lucha, la lucha frenética de mi ego para poder lavar mis palabras y dejarlas como una roca que nace poema, tras tallar, tallar. Ahora sé que lo que llamo poesía rupestre, se lava con sal de mar, y permanece en su “blanco principio” (como Edmond Jabés anota) para encausar ríos, ser agua que salte entre rocas, fluya hacia las manos de quien la tome.
Pero las señales son la imagen que la poética rupestre encuentra a su paso. Inspirada obviamente en nuestras hermosas pinturas rupestres mexicanas, elegí su esencia  para recrear lo que estaba viviendo en mi paraíso rupestre. Pasé unas noches cerca de una roca milenaria que en sueños me presentó imágenes de su historia. Nada hay más misterioso que los sueños: esa frontera; esa otra puerta. Esas señales se atienden con la presencia. No me asombró pero me llenó de alegría que en la obra más reciente de Cees Nooteboom que por cierto escribió Hotel nómada, él concibe Cartas  Poeseidón, después de hacer caso a una servilleta hallada en el restaurante que eligió para comer una tardecita de viaje, él lee estas señales y dice que las atiende. Yo sólo me estremecí al poner mi mano en la roca “manitas” una rupestre de la sierra de los cabos y noté como mis dedos embonaron perfectamente con la imagen allí trazada. Soñé desde entonces con mi propia “tribu de palabras” como me señaló el poeta paceño Christopher Amador. Sólo toqué la roca en una danza de hadas desnudas, sentí una raíz y empecé a recordar que ser nómada sólo era retornar la mirada para recolectar, habrá que adentrarse en la esencia del poeta recolector de nutricias imágenes que caen como el fruto de la experiencia de quien como un mango o ensaliva un limón. Nutrir la cueva con frutos del edén: ciudades, pueblos, hermanos, hermanas, humanos, casas, cabañas, moradas, miradas, ríos, montañas, o desayunos en el péndulo antes de entrar a labrar palabras con mis alumnitos pequeños: nómaditas incipientes con quienes llenamos cuadernícolas. Recolectar un sinfín de postales misteriosas o de ballenas con sifón, recolectar ecos reminiscentes, de rostros primigenios, de manos que como geografías sutiles emanan coordenadas, senderos como los de Oku andados por Matsuo Basho:
/Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son un viaje y su casa misma es el viaje./
Asi en mi vuelo estacionario he creado lo que ahora comparto: porque el arte más antiguo se dice que es el rupestre, a muro de roca y tinta impecables ante el paso del tiempo,  que sabemos como en el fulgor del fuego  nadie puede mirar sin un asombro antiguo. Invoqué mis palabras, la crecí para llegar aquí y mostrar “mi primer rostro”:
Palabra nómada Dejo ir las palabras cuneiformes,  como una imaginaria tablilla de Gilgamesh, con la intención de que  solo la “presencia” habite.
Y que  en los nómadas presentes: caiga feliz una semilla para emprender cualquier trazo cuneiforme hacia su mirada nómada, hacia su propia práctica de vuelo: gracias por recibir mis guijarros
Jeny Asse, Mariana Bernárdez, Andrea Montiel, Edna Aponte, Rosa Nissan.

jueves, 27 de junio de 2013

San josé del Cabo, orígen de la Palabra nómada. (verano 2013)





 Notas de la nómada...

( solsticio en san josé)
Después de la incertidumbre por un viaje anunciado en 
mi corazón y pies, más que en mi cerebro,obtuve los esperados billetes del vuelo: 
a San José de Cabo. Llegué al nuevo aeropuerto de mi ciudad DF, con sus nuevos techos de agujeritos redondos gracias a los cuales no hay lámparas de neón...  como llegue tan temprano pues di vueltas nomadamente, y supe que este vaje era una especie de nota por palomear en mi destino. Hace dos años pubñiqué palabras nómada, y aún seguía latiendo su eco en mis diarios y cosas. El destino cumplido de mi poesía en su escenario natural, volvía  asu orígen para rednir la ofrenda a la baja calirfornia sur que me dejó ser la nómada que he sido.Por fin el vuelo se anuncia y en la salita de espera gente sencillla y con cajitas de cartón y maletas exhuberantes aborda, unas alegres codaritas que reían sin parar y decian " de donde es ese mandingo pué", me conmoví hasta llorar porque sue que ese vuelo era plural, de este país que si me cobija, de esta ala de donde si soy: la izquierda. Abordo vi que la ala estaba cerca de mi, mi destino de ave migratoria quizá...sabía con la certeza de quien regresa a cumplir su palabra, ene ste caso aunque sea la palabra nómada, que alli estarían mis amigos y mis montañas, el mar y por supuesto las manitas y los naranjos - adone no me atrevi a subir sin mi amado Xavier con quien una vez llegué alli solo con mi casa de campaña- 

Al bajar del avión tras un perfecto vuelo aeromexico, sorpendente¡¡¡ sentí la calidez que pacifica, y a mi derecha la montaña, lloré porque reconocí el Picacho,  la sierra cabeña. Allí experimenté "el sabor único" Al dar vueltas por las salas, me equivoqué y fui a dar a  una ficticia de simulacro de jungla... pero a la siguiente mi amigo Alejandrino estaba alli generoso y amable como sn allí. Fui reconociendo la sierra y a san josé, el calor me purificaba esta vez. Fuímos al hospedaje que me tocaba, en el centrito hermoso y recien remosado, el "tropicana" allí la habitación me acogió, y los sueños de sus espiritus me despertaron por la noche (alli habia muerto un gringo viejo, como en tantas habitaciones de hoteles de la baja, buscan calor y lo encuentran para morir) 

Al día siguiente desayuné bajo los amados mangos de San josé que caen desesperados cuando maduran demasiado, Escribir en esa cálida dimesión aquieta y sonrié. Así pasaban la horas nómadas y cálidas. Llegó la taredecita para presentar mi lirbo, y caminé hacia el teatro llamado Lomelí, cuando llegué todas limpiaban acomodaban sillas, conversamos dichosamente en la sencillez de un miércoles. La mesa puesta y la flores también... los presentadores leyeron sus textos y yo abría los ojos por el asombro que puede causar saber loq ue se dice de lo  que se escribe- Todo era un regalo, al finalizar había personas  que lloraron su nostalgía y abrieron su corazón. Recibí un arreglo de florec precioso, lágrimitas, sonrisas de la sierra, abarzoosss de sol, de mar. Sabía que mi poesía podría abrir con la llave de la palabra un cielo que solo se ve desde el alma. Me dsepedí de san josé, fui a darle la ofrenda de mi palabra al Pacífico, mar de las visiones hondas, del espejo del cielo como mi mente a pisar su arena donde escribi lo otro, lo que tribulé, y el mar generoso se llevó de una pincelada azul. De un solo hunggg




Palabras  nómada  texto de René Holmos (Novelista)
René Holmos, Estela, Alejandro Alvarez, y yo

(texto leído en la presentación del poemario en San José del Cabo)
-gracias por invitarme.   edna te debía una: bienvenida.-mi intervención se centrara en lo que es la primera parte del libro, esas palabras nómada que describen un tema que me fascina; la sierra.  
las palabras cambian, se transforman, se mimetizan, se adaptan, nacen, crecen y mueren en la conciencia, de los exploradores ojos del lector, para que esto suceda el escritor debe crearlas con amor, con dolor, con satisfacción, con frustración, con amargura, con dulzura. con luz, con sombras,  siempre con una ferrea determinación de parirlas. Quizá en su creación como le sucede a la mayoría de los escritores se tenga que trabajar en el filo del gozo y drama personal y  l a necesidad cotidiana. cierto es que las palabras viajan, cambian y se adaptan al escenario del escritor, en nuestro interior los sentidos dan vida a la inspiración que es influenciada por el escenario del espacio al llegamos, esa tierra en el que nos asentamos y donde somos ajenos a historia, a su cultura y costumbres. un lugar  donde somos  unos extraños  fuera de su contexto; un nómada.
Edna trasmite en poesía rupestre la esencia de la sierra cabeña. ese lugar con su encanto tan especial donde recree parte de mi primer novela “de la sierra”. Allá en los naranjos muy cerca del rancho de los Montaño; mis parientes. Ese lugar de la gran piedra de las manitas, donde dejaron sus huellas nuestros antecesores, pinturas rupestres que hablan de tiempos pasados, en donde los elementos de la naturaleza eran considerados dioses.  edna escucho el llamado de la sierra, el murmullo de la piedra, y el mensaje de las manos alli pintadas. tal vez llego a ese lugar buscando la respuesta a la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. ¿porque estoy aquí en este lugar?-  quizá  edna, quiera quizo, descifrar el misterioso fluir de la vida que nos hace coincidir un un rincon del mundo, habiendo  tanto  espacio por recorrer.
edna recorrió y se asentó en  esos lugares donde el el viento da vuelta, donde se escuchan los pasos de la danza y el eco de  los cantos  de media noche que los naturales entonaban en honor a su diosa luna,edna tomo de  confidente a la montaña, ella le confió sus secretos y edna los atrapo en sus letras. el embrujo de la montaña fue para ella lo que fue para nuestros naturales que nómadamente guiados por ejes invisibles migraban por temporadas de la sierra a la costa.
edna poeta nómada seducida por la magestuosa piedra,  por la caverna , por la cueva del león,  por la vereda nativa, por la ciruela del monte, por la pitaya y  por el atrayente canto de la calandria y la melancolía de la paloma serrana,al igual que mis personajes de "de la sierra" al leer  la   obra de edna, vivirán muchos de sus momentos interiores, sumaran sus incontables horas, dentro del  fantástico mundo de la poesía. describir los días  que  edna  paso en la sierra  es un reto, imaginarla en ese hábitat natural, recorriendo las húmedas cañadas, las sombreadas laderas con palmas atisbando los desfiladeros y esas desérticas mesetas del desierto rebosantes de cactus implorando al cielo un poco de lluvia. asi mismo,  es  inusual y fuera de contexto imaginar a un escritora citadina en un ambiente serrano. tan lejos del neón  en oscuras noches  y tan cerca a la vez del mar de estrellas que como diamantes cuelgan de un entintado cielo. .al leer sus poemas me la  imaginé llegando y descubriendo el azul gris de los amaneceres y esos solitarios crepúsculos.
 La vi  fijar  sus ojos y grabar en su mente, el azul intenso de nuestro cielo; la vi sintiendo la calma y el silencio de los lugares deshabitados, sólo interrumpido por los ruidos y gritos de los animales; casi sentí, cómo contraía sus fosas nasales al percibir  el olor a tierra mojada de las primeras lluvias de la temporada y cómo abría sus brazos en una amplia extensión para sentirla; también lo percibí atenta a la fuerza del viento y del agua que azotan la montaña. Sé que vivió  algunos días que  le nublaron el ánimo.  por experiencia propia sé que aprendió a esperar el nuevo y soleado día que le traería ánimo y esperanzas para vivir, lejos de todo lo que es y representa; ...el arte de la ciudad  y al igual que los  nativos que pintaron con sus manos la piedra de los naranjos, los tiempos de emigrar  también llegaron, para edna,  supo que era hora de poner mar  y tierra de por medio y aparecer en valle de bravo en busca de otra vida y de mas inspiración. edna la poeta…
edna con el espiritu de yeka...se convirtió en nómada a igual que sus palabras. (René Holmos)



COMENTARIO A PALABRAS NÓMADA
Por Alejandro Álvarez
La palabra literatura nos hace proyectar en nuestro pensamientos alguna  novelas como el Quijote, o nombres como Gabriel García Marques, hacemos referencia ya sea a los molinos de viento en el primero y en el segundo al nombre de Macóndo en Cien años de soledad .
En mundos distintos ya sea en el cambio de una época a otra y la denuncia a la mediocridad y a la pérdida del valor de la palabra, la otra un mundo que gira en torno a una maldición en un mundo creado  a partir de mitos y leyendas, la pregunta que seguramente algunos se plantearán es el que tiene que ver ésta afirmación con  el libro que nos ha reunido este día, a lo cual responderé durante mi exposición, pero haré una pregunta nuevamente, ¿Existe una literatura hispanoamericana, una literatura mexicana y una regional? En todos los casos es totalmente afirmativo si consideramos que tanto como los argentinos, uruguayos y los chilenos tenemos la misma raíz  lingüística, sólo cambia el árbol y las particularidades que dan origen a la obra, las cuales pueden ser de índole histórica, cultural, política, etcétera. Así mismo en esas literaturas de acuerdo  a al país van delimitándose conforme a lo que llamamos literatura nacional, con ello, como lo afirmó Octavio Paz en su momento, se cae en la aberración nacionalista lo cual cerraría toda posibilidad estética, la literatura y el arte en general no tiene fronteras y si hablamos de  nacimientos de movimientos artísticos no tardan en sembrar semillas fuera del espacio donde nacieron, por ello la pluralidad en nuestra lengua y en nuestra cultura hace que esa semilla crezca y posteriormente genere frutos, de ahí también el hacer la tan controversial comparación entre qué literatura es mejor que la otra y ello me lleva a mencionar , el tema de lo regional, hace algún tiempo estuve colaborando en un proyecto universitario que era de literatura regional, el cual difunde la obra de escritores sudcalifornianos e ahí mi primer contacto con las letras regionales las cuales se bañan de un sentimiento tanto de aislamiento y de arraigo así los elementos del paisaje sudcaliforniano se convierten en una prosopopeya en el que hablan las voces de lo que cada época guarda celosamente y el poeta va descubriendo con el arte de la palabra, lo regional, con ello deja de serlo como tal a partir de que el otro lo reconstruye y lo recrea transformándolo en  imágenes y juegos. En ese sentido la palabra nómada del libro nos habla de esa universalidad arraigada en el los elementos del paisaje pero que viajan de un lugar a otro .
Contratando ambientes entre el significado que tiene el mar de los cabos que me atrevo a llamarle el lugar donde las almas se encuentran  la autora nos ofrece esa visión en el siguiente fragmento de su poema titulado  "Canto de una provocación marina". P80

Preludio del llamado hacia la primavera;

vibración marina y canto del mar./Llovió después de tantos días de calor solitario
.
Es tiempo de la llegada. No hay enigma./La mar se estremece

Energía de la invocación /canto que amoroso fecunda
.
todos los seres del reino/vibran en sincronía

la mar como morada para /nacer

hembra y macho de agua, dulce y sal /un reloj de agua avisa a los seres marinos:

la vida es vida otra vez./Antiguo los cantos, la voz;

palabra sagrada del mar./


 Comparado un tanto con el poema de Raúl Antonio cota que nos habla del temor al mar quizá a esa grandiosidad que nos proyecta y también de lo mitológico y misterio que oculta.
El elemento es como he leído el mismo hablando de lo nómada de la palabra y en ese sentido el mar nos ofrece en la poeta elementos regionales bañados de vivencias y recuerdos que viajan haciendo de cada uno de ellos algo que permanece pero sin quedarse.

TEMER AL MAR
Temer al mar de pie ante sus grandes olas
ante el escape de sus dimensiones azules con la mirada perdida
desde tierra firme
desde las dunas ballenáceas y nocturnas.
Temer al mar 
Y saber que el destierro no es angustia

y que el regreso niega la melancolía

desde los instantes que preceden toda recuperación

todo arribo final. 

Temer al mar

y no confiar en nuestras venas arenosas

y ásperas que se aferran al tiempo.

Temer al mar 

es negar la ballena blanca 

—la otra— 

la fantasmagórica
.
Es resistirnos al juego ingenuo

de la transmisión de nuestras

miserias
.
Es jputii, nosotros somos la ballena
.
Creo que amanece 


más la sábana blanca de tu piel

cetácea

serenamente desnuda

al pie de los cantiles

provoca que amanezca.